Se acabaron las vacaciones
Con este tiempo que ni es panza de burro, ni es borrasca y con esta cara de pufo que se le queda a uno si no ha pisado las inigualables playas de nuestro sintético sur, CaspaCanaria vuelve de vacaciones.
Una vez que empiezan las vacaciones y uno ha optado por quedarse en esta tierra, hay que prepararse para todo. Si la capital es el lugar elegido, el tiempo no acompaña, mejor tirar para el sur, en donde poco después de media hora en coche se descubre el cielo, parece que vamos a tener suerte y de pronto, aparece el atasco.
Con cierto miedo a encontrarse con Bernardo Hernández, o lo que es lo mismo, el Dr. Seguridad Vial, en la orilla de la
carretera diciendo como hay que coger las curvas, uno acelera quemando hasta el fondo el utilitario para darse cuenta unos kilómetros más adelante de que no ha valido de nada esa prisa, ya que el atasco es tremendo y parece que se estropea el dÃa que con tanto ahÃnco hemos preparado.
Pasa media hora, una hora, ya no sabemos ni que emisora de radio poner, en todo caso, alguna en que
no cante Bisbal, Chenoa o el maldito Aserejé. El calor causa estragos, el agua que llevamos se empieza a quedar corta y alguien propone beberse la que llevamos de “repuesto” para el radiador, sÃ, esa de colores chungos.
Finalmente, aligera la cosa, y parace que vamos a poder bañarnos y todo. Nada más lejos de la realidad,
porque, pasado el problema de la caravana y con el coche ya en reserva, ahora empieza la odisea de buscar aparcamiento. Dios MÃo! como está Playa del Inglés, bien de gente compadre!. Ni pagando parece que buscaremos un buen sitio donde estacionar. En una de las rotondas, le damos paso a un coche que nos sale por la izquierda y quien, en teorÃa, nos tenÃa que ceder el paso. Casualmente, parece que vamos en la misma dirección, y es que el fulano también está ávido de aparcamiento. SÃ, lo que todos están presintiendo, sale uno y al que indebidamente le cedimos el paso, va y nos quita el aparcamiento que iba a ser para nosotros. Uno se acuerda de Manolo Torres (para dejar a la familia de uno tranquila) y sigue a ver si hay suerte. Al fin, conseguimos aparcamiento bien lejos de la playa. ¡Hemos llegado!
Cuando llegamos a la arena (que quema) vemos que no hay sitio ni para poner la nevera. Ya son las 2 de la tarde y el hambre, la sed y las ganas de darse un baño, ponen nerviosa a la peña.
Tras el primer baño, la tortilla se convierte en el siguiente objetivo; abrimos el tuperware y zassss, una ráfaga de viento que deja inundada la comida y parece darle un aspecto empanado que antes no tenÃa. Uno se acuerda del Dios Éolo y de Afrodita. (por poner algo).
Con algunas desgracias más que obviamos, uno se viene de vuelta, coge caravana a la altura de Vecindario y promete no volver al Sur. Si el tiempo está chungo en la capital nos vamos al Carrefour de paseo y se acabó.
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La Frase...



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