Las galletas de las visitas
De cuando uno está enfermo…
Dicen que la salud no se echa de menos hasta que se pierde. Y que no hay nada peor que estar malito/a. Pero resulta que hasta en esos momentos de sufrimiento surge la caspa. Los canarios tenemos nuestro propio protocolo de actuación cuando un familiar se encuentra enfermo. Les contamos.
Una pariente mía ha sufrido hace unas semanas una intervención quirúrgica que la ha mantenido en reposo y sin salir de su casa aproximadamente unos 10 días, después de permanecer en el Hospital durante cuatro jornadas. Mientras estaba en el Hospital no dejó de recibir visitas, pero estas se multiplicaron por mil cuando la doña llegó a su casa. Visitas de vecinos, familiares, noveleras y hasta noveleros, que haberlos haylos.
Pero como a todo el mundo le gusta quedar bien y no ser menos que nadie, todo el que se presentaba lo hacía acompañado de una lata de galletas de mantequilla danesas o una caja de bombones. Eso como regalo estándar, pero en este caso que les contamos hubo incluso: latas de atún, espárragos, embutidos, chocolates, yogurt y un sinfín de productos alimenticios que de haberlos ingerido, la paciente que además es diabética, a buen seguro ya no se hallaría entre nosotros.
Entre las latas de galletas danesas abundaron sobre todo esas de “medio pelo” que se adquieren en el Cerca o en Mercadona. Nada de esas galletas originales made in denmark que apestan a mantequilla. No, una vez más optamos por la imitación casera. Si es que hasta para eso somos jediondos. Lo mismo ocurre con los bombones. Pocas latas de Quality Street se ven.
Latas que en poco tiempo se convertirán en algo parecido a la caja de pandora. En ellas se puede albergar cualquier cosa, todo es echarle imaginación. Desde la tradicional colección de fotos en blanco y negro hasta convertirla en caja de la costura para hilos, agujas y dedales. Hay un uso muy cutre y que consiste en que una vez consumido el producto original que trae la lata, en esta se meten unas galletas que ni por asomo son las que aparecen como sugerencia de presentación en el exterior. Y ahí es cuando uno se lleva un buen chasco, al abrirla y descubrir que dentro sólo hay galletas bandama; harina y agua. Ya no se encuentran en su interior esas rosquillas que en su núcleo acogen una pequeña mancha como de mermelada de fresa que al ingerirla se pega de mala manera a las muelas.
Los usos de las latas de metal son múltiples, pero pocos se resisten a abandonarlas en el cubo de la basura.
Volviendo al tema de la enferma, luego ocurre que en las posteriores visitas la gente se da por “cumplida” y no ofrece nada más que su presencia. Es decir, que la primera vez se llevan unas galletitas y la segunda vez, unos días después, se las van a merendar.
Para tranquilidad de todos, la paciente se encuentra perfectamente y con la despensa llena de latas de galletas.
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